Crónica PortAmérica 2026: del baile de Fillas de Cassandra al rock que le ganó al fútbol

PortAmérica 2026 comenzó con un jueves caluroso y una afluencia que permitía moverse por la Azucreira con comodidad, sin las aglomeraciones de otros momentos del festival. Fillas de Cassandra y Rigoberta Bandini pusieron a bailar al público antes del cierre festivo de The Rapants; el viernes llegaron el son cubano de Eliades Ochoa, el rock clásico de M-Clan, la nostalgia colectiva de Hombres G y la contundencia de Sexy Zebras. El sábado, una tormenta con granizo obligó a retrasar una hora los conciertos de una jornada que finalmente pudo celebrarse con normalidad.

Llegamos a la Azucreira de Portas pasadas las nueve de la noche, cuando Marina Reche encaraba los últimos minutos de su actuación. Hacía calor y, quizá por tratarse de un jueves, el recinto ofrecía a esas horas una afluencia agradable: había público, pero también espacio suficiente para moverse, acercarse a los escenarios o pasar por las zonas de restauración sin sensación de agobio. Una comodidad que en un festival, especialmente cuando avanza la noche, tampoco conviene dar por hecha. Era jueves, al día siguiente tocaba trabajar y, al menos desde nuestra posición, había bastante más espacio para caminar que en otras ediciones.

PortAmérica conserva una de sus grandes virtudes: permite pasar de un escenario al otro sin que el desplazamiento se convierta en una pequeña expedición. A esas horas el festival todavía estaba entrando en temperatura, pero el relevo de Fillas de Cassandra cambió la escena de golpe. María SOA y Sara Faro aterrizaban en Portas con Tertúlia, su segundo álbum, publicado en abril, y con una propuesta cada vez menos fácil de encerrar en la etiqueta de recuperación del folclore. Tiran de tradición, por supuesto, pero también electrónica, percusión, armonías vocales y una voluntad clara de convertir el escenario en lugar de encuentro y baile.

Cronica Portamerica 2026 Fillas de Cassandra 2

En sus conciertos actuales conviven el material de Tertúlia con piezas ya reconocibles como «Tataravoa», «Maricarmen» o «Lisístrata», canciones que conectan la identidad gallega, la memoria de las mujeres y unas bases que invitan a dejarse llevar por su ritmo. En Portas no hubo que rogar demasiado: pusieron a bailar al público y dejaron la sensación de que el salto dado por el dúo no se limita al tamaño de los escenarios.

A las 22:45 llegó Rigoberta Bandini. Salió con una sudadera negra y una pequeña cámara colocada sobre el micrófono, cuya imagen se proyectaba tanto en las pantallas laterales como detrás de los músicos. El recurso tenía gracia al principio, una especie de primer plano permanente y voluntariamente deformado, pero terminó gastándose por repetición.

No era uno de los conciertos que esperábamos con mayor devoción, pero sería absurdo negar lo evidente: Paula Ribó tiene una voz poderosa, entiende perfectamente el tipo de espectáculo que quiere ofrecer y sabe cómo acercarse a sus seguidores sin que el show se caiga. Arropada por coristas y bailarinas, fue soltándose conforme avanzaba el set. En un momento dado abandonó la seguridad del escenario y se paseó entre el público, provocando la felicidad inmediata de las niñas y los niños que intentaban acercarse a ella.

rigoberta bandini en portamerica

El repertorio mezcló buena parte de Jesucrista Superstar con las canciones que han convertido el proyecto en un fenómeno popular. «JAJAJA» abrió el concierto y después llegaron «C.X.T. (Club Xavalas Tristes)», «In Spain We Call It Soledad», «Pamela Anderson», «KAIMAN» y «Perra». También hubo espacio para una versión de «Mayonesa», recibida con la lógica alegría de verbena. «Ay mamá» apareció ya en la recta final y fue, como cabía esperar, una de las más coreadas. Cerró con «Busco un centro de gravedad permanente», después de un concierto mejor cantado y construido de lo que algunos escépticos estábamos dispuestos a concederle al principio.

A medianoche aparecieron The Rapants. Los de Muros están este año en tantos carteles que empieza a resultar más difícil encontrar un festival sin ellos que con ellos, pero la omnipresencia no les ha quitado fuelle. Su directo mantiene esa mezcla de indie, garaje, baile y descaro que manejan sin ponerse solemnes. Ellos saben que una canción puede tener guitarras y, al mismo tiempo, comportarse como una verbena.

Abrieron con «Sin medo» y fueron enlazando «La noche», «Jrasias por confiar», «Fai tempo» y «Máis bicos que rosas». «O avión», «A vida» y «La favorita» mantuvieron arriba un concierto que terminó con «Rue Franklin». Energía, baile y ese buen rollo que en manos de The Rapants parece formar parte del mecanismo interno de la banda. Muy buenos, otra vez.

Niña Polaca comenzaba a la una de la madrugada, pero el viernes esperaba temprano y tocó retirada.

El viernes regresamos con ganas de una jornada más inclinada hacia las guitarras. Repion fue el primer descubrimiento del día para nosotros. Las hermanas Marina y Teresa Iñesta construyen canciones de melodías inmediatas que en directo destilan mucha energía.

Después llegó una leyenda sin necesidad de subrayados. Eliades Ochoa, guitarrista y cantante cubano ligado para siempre a Buena Vista Social Club, instaló la verbena caribeña en la Azucreira. A las 20:30, con sombrero, guitarra y una banda pendiente de cada gesto del maestro, el son cubano empezó a correr por el recinto con una naturalidad que hizo parecer absurda cualquier resistencia al baile. No fue una visita protocolaria de una vieja gloria. Ochoa tocó con calma, sin confundir serenidad con desgana, y convirtió la explanada en una pista de baile intergeneracional. Bailamos ese son cubano que parecía recetado para limpiar un poco el alma y, aprovechando el cambio de ritmo de la jornada, nos acercamos al ShowRocking para tomar un par de los deliciosos pinchos que ofrece esta única experiencia del festival. En PortAmérica la música y la cocina no viven en recintos separados: se solapan, se mezclan y eso hace que no tengas que decidir entre una canción y una delicatessen para el paladar.

En la zona de restauración, un televisor mostraba el partido de cuartos de final del Mundial entre España y Bélgica. Ese encuentro explica, al menos en parte, que la afluencia frente a los escenarios todavía no pareciese la esperada para un viernes. Había público pendiente de los móviles, grupos apiñados alrededor de la pantalla y esa extraña convivencia entre un festival de música y una eliminatoria que terminó con victoria española por 2-1. Fabián Ruiz y Mikel Merino marcaron los goles que llevaron a España a semifinales. Mientras la selección intentaba no quedarse fuera del Mundial, M-Clan recordó que el rock también sabe competir por la atención. Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez salieron a las diez arropados por su banda de nueve músicos y no necesitaron mucho tiempo para vaciar de miradas la pantalla. Tarque tiene esa voz enorme y poderosa, áspera cuando el momento lo exige y suficientemente flexible para no convertir todo el repertorio en una demostración de potencia.

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«Carolina», «Sopa fría» y «Llamando a la Tierra» fueron algunos de los puntos reconocibles de un concierto apoyado en una banda con mucho oficio. La sección de vientos dio cuerpo a los temas y las guitarras de Ruipérez y Guille ‘Mara’, estiraron varios pasajes sin convertir los solos en simple exhibición. Escuchar a Guille es un lujazo para los que adoramos el tono de las Strato y el buen gusto en los solos de guitarra. Ahí estuvo una de las claves: cada músico tuvo espacio, pero las canciones nunca quedaron sepultadas bajo la técnica. El partido terminó prácticamente al mismo tiempo que el concierto y la victoria española cruzó el recinto en forma de gritos.

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Hombres G recogieron el entusiasmo futbolero con el recinto cantando «Yo soy español» y lo llevaron rápidamente a su terreno. Abrieron con «Voy a pasármelo bien», una declaración de intenciones tan evidente que casi parecía innecesaria. A partir de ahí se impuso la memoria y nostalgia colectiva: canciones escuchadas en coches familiares, cintas TDK gastadas, fiestas de colegio y veranos que ahora pertenecen a varias generaciones a la vez.

Cronica Portamerica 2026 David Summers Hombres G

Lo interesante fue comprobar que no se trataba únicamente de un ejercicio para cuarentones y cincuentones. Había adolescentes en primera fila y niñas y niños cantando canciones publicadas muchos años antes de que nacieran. «Marta tiene un marcapasos», «El ataque de las chicas cocodrilo» y «Venezia» quedaron para la recta final, antes de ese «Devuélveme a mi chica» que permite a miles de personas gritar «sufre mamón» sin necesidad de montar después una comisión de investigación. Nostalgia, sí, pero una nostalgia que sigue funcionando en cualquier evento.

Sexy Zebras endurecieron el cierre de la jornada. En formato de trío, los madrileños no necesitan llenar el escenario de elementos para hacerse grandes: batería, bajo, guitarra y una actitud física que convierte cada canción en una carrera corta.

El sábado estuvimos con dudas hasta el último minuto y finalmente decidimos no regresar a la Azucreira. ¿Gallegos con miedo a la lluvia? Llamadnos cobardes. La previsión no pintaba precisamente amable y esta vez preferimos hacerle caso. Al final, tampoco iba desencaminada: una tormenta con aparato eléctrico, lluvia y granizo obligó a la organización a detener temporalmente la actividad y retrasar una hora todas las actuaciones previstas.

Superado el episodio meteorológico, PortAmérica pudo retomar la programación y completar la jornada con Xoel López, Amaia y Dani Martín entre sus principales nombres, además de Instituto Mexicano del Sonido, Sanguijuelas del Guadiana y Nortec: Bostich + Fussible.

Fotos del público en PortAmérica 2026

Sí quedó, en cualquier caso, una última muestra de la capacidad de reacción de un festival obligado a enfrentarse a uno de esos imprevistos que en Galicia forman parte del verano casi tanto como los escenarios y la Estrella Galicia. La organización, siempre impecable, reajustó los horarios y consiguió sacar adelante una jornada que durante buena parte de la tarde estuvo pendiente del cielo.

PortAmérica cerró así su decimocuarta edición con 60.000 asistentes repartidos durante los tres días. Una cifra que también permite poner en contexto nuestra primera impresión del jueves: aquella tarde se podía caminar, acercarse a los escenarios y disfrutar del recinto sin agobios, pero la afluencia fue creciendo a medida que avanzaba el festival hasta completar otro fin de semana importante para la cita de Portas.





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