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Luto en el rock nacional: Muere Jorge Martínez, el hombre que nos enseñó a ser jóvenes y arrogantes hasta el final con Ilegales: “Antes morir que perder la vida”

Se ha ido el tipo que nos enseñó que la arrogancia es una virtud si tienes una Fender colgada y los amplis al once. Jorge Martínez ha muerto este martes en Oviedo a los 70 años, y con él se nos va una parte fundamental de nuestra mala leche, del rock que no pide perdón y de una época en la que subirse a un escenario era, literalmente, un deporte de riesgo.

La noticia ha caído como si aquel coche que iba “a toda hostia por la carretera” se empotrara contra un muro. Sabíamos que la cosa pintaba fea desde septiembre, cuando la banda tuvo que cancelar –entre ellos su concierto en el The Wild Fest de Vigo– de golpe la gira de Joven y Arrogante (2025), pero uno siempre tiende a pensar que Jorge Martínez es indestructible. Que si la muerte venía a buscarle, él la esperaría con el stick de hockey en la mano para negociar una prórroga. No ha podido ser. Un cáncer de páncreas fulminante se lo ha llevado en el HUCA de Oviedo, dejando a la escena rockera con esa sensación de orfandad que solo provocan los que parecían inmortales.

Hablar de Jorge es hablar de una anomalía en el sistema. Mientras otros compañeros de generación se ablandaban o vivían de las rentas en festivales nostálgicos, él seguía facturando discos que mordían. Su última entrega era una declaración de intenciones: pura tralla, sonido empastado y cero autocomplacencia. Es una lástima rabiosa que no hayamos podido ver cómo defendía esos temas en directo, porque si algo tenía Ilegales es que nunca daban un bolo malo. Doy fe.

Es una pérdida dura, de esas que hacen que el rock español parezca hoy un solar un poco más vacío y silencioso.

Aquí en Galicia lo sabíamos bien. Jorge tenía una conexión especial con el público en general; quizás porque la lluvia, el gris y la retranca nos curten igual a asturianos y vecinos, o porque aquí siempre hemos valorado a quien viene de frente, sin poses de plástico.

Lo curioso es que, detrás de esa fachada de “macarra” y de las leyendas urbanas sobre peleas y botellazos, había un músico de una disciplina técnica envidiable. Jorge no solo era actitud; era un guitarrista con un tono cristalino, obsesionado con la perfección sonora. Odiaba la mediocridad y el amateurismo del punk tanto como amaba su energía. Esa dualidad era su motor. Podía soltarte la frase más bárbara en una entrevista para escandalizar a los bienpensantes y, acto seguido, hablarte con una ternura inesperada sobre su colección de soldaditos de plomo o sobre una melodía de los años 50.

Se nos va un referente que sobrevivió a los excesos de los 80, a la heroína que se llevó a tantos compañeros y a la propia industria musical, a la que siempre miró por encima del hombro. Es una pérdida dura, de esas que hacen que el rock español parezca hoy un solar un poco más vacío y silencioso.

Nos quedan sus himnos, claro. Tiempos nuevos, tiempos salvajes o Agotados de esperar el fin seguirán sonando en los garitos de Malasaña y en los pubs de toda España hasta que se caigan las paredes. Pero hoy, permitirme que estemos jodidos. Porque Jorge Martínez no era solo un músico, era una actitud ante la vida: “Antes morir que perder la vida“. Y él la exprimió hasta la última gota.