Costa Feira cambió por una noche la música urbana y los reclamos para públicos más jóvenes por guitarras, saxo y varias décadas de rock español. No Quiero aprovecharon la difícil hora de apertura para crecer ante un recinto todavía despoblado y Loquillo, con 3.200 personas delante, regresó a Sanxenxo con Corazones Legendarios y un repertorio muy distinto al de su anterior visita: esta vez sí, el público había venido a cantar.
Cinco minutos antes de que No Quiero apareciesen en escena, en la zona de food trucks sonaba “Smoke on the Water”. Y no una versión cualquiera: la del mítico Made in Japan. No era mal recibimiento para una de las jornadas más rockeras de Costa Feira 2026, un cartel que contrastaba bastante con buena parte de la programación de esta edición, mucho más orientada hacia la música urbana, el electrolatino y artistas de generaciones más jóvenes.

Eran las 20:45 y el recinto todavía estaba bastante tranquilo. Delante del Front Stage apenas se contaban una veintena de personas y el público llegaba a cuentagotas. También había una explicación bastante terrenal: hacía un día estupendo en las Rías Baixas y, en pleno agosto, competir con la playa hasta última hora de la tarde no deja de ser una empresa complicada.
No Quiero fueron puntuales. Los bilbaínos salieron con la complicada misión de tocar para un espacio que aún tenía más huecos que cabezas y se encontraron enseguida con una de esas pequeñas situaciones que recuerdan dónde estás. El primer saludo fue para “Sanjenjo”; desde abajo llegó rápidamente la corrección y, aprendido el topónimo, las siguientes veces ya hubo un impecable “Sanxenxo”. Asunto arreglado.
“Amarillo”, colocada muy pronto en el repertorio, mostró esa vertiente crítica de la banda apuntando hacia la prensa amarilla. Después fueron apareciendo “Monterrey”, “Toma de Control” o “Sexy Jane” en un concierto que tuvo una virtud bastante clara: fue creciendo. No Quiero no parecieron demasiado preocupados por la modesta afluencia de público inicial y tocaron como si delante hubiese bastante más gente.
Visualmente llamaba la atención la convivencia entre personalidades dentro del propio grupo. Antón Uribe, segundo vocalista y teclista lucía una imagen bastante más cercana al pop —por momentos uno podía imaginarlo perfectamente en otro tipo de cartel— que a la estética de una formación con letras reivindicativas como No Quiero. El contraste era evidente.
Hubo también tiempo para sacar la conexión gallega. El cantante contó que sus abuelos eran de Galicia y agradeció especialmente la presencia de quienes habían llegado pronto. Para entonces ya tenía algo más de público al que dirigirse. A las 21:40, mientras afrontaban la recta final con “Elisa”, la entrada de gente al recinto se había acelerado considerablemente.
“Ficción”, una de las primeras composiciones de la formación, sirvió para mirar hacia los orígenes antes de afrontar un final mucho más directo. El cantante avisó de que llegaba “la traca final” y cumplió incluso físicamente, bajando a cantar entre el público. “Tóxico” quedó reservada para los últimos minutos y “Mentiras” puso el cierre a un concierto que había empezado prácticamente en familia y terminó con una estampa bastante más acorde a la dimensión del escenario.
Fotografías No Quiero Costa Feira 2026








Después tocaba comprobar qué Loquillo había venido a Sanxenxo.
La pregunta tenía más sentido de lo habitual. Su anterior paso por Costa Feira, el 15 de agosto de 2024, estuvo dedicado a los treinta años de Transgresiones, con un repertorio basado en su relación con la poesía contemporánea, una escenografía de aire teatral y el público sentado. Fue una propuesta perfectamente legítima, pero también muy diferente del concierto de rock que parte de los asistentes esperaba encontrarse entonces.
Dos años después regresaba con Corazones Legendarios. Es imposible saber cuánto pudo pesar aquel recuerdo en la venta de entradas, pero la asistencia quedó alejada de un lleno: la cifra difundida tras el concierto fue de 3.200 personas. Entrada más que digna para un lunes de agosto, aunque modesta dentro de un recinto acostumbrado también a jornadas considerablemente más concurridas.
A las 22:30, esta vez no hubo demasiada duda sobre el planteamiento.
“En las calles de Madrid” abrió el concierto y enseguida apareció “Creo en mí”. Loquillo salió de negro, claro, porque hay costumbres que a estas alturas pertenecen prácticamente al mobiliario del rock español. “El hombre de negro” encajaba por tanto sin necesidad de demasiada explicación y “Los buscadores” terminó de completar un primer tramo en el que la banda fue adquiriendo progresivamente más presencia.

Y ahí está una de las claves de esta gira. Loquillo ocupa inevitablemente el centro, con ese repertorio de movimientos, miradas y poses que lleva décadas convirtiendo en personaje escénico, pero detrás tiene un grupo capaz de darle bastante más profundidad a canciones que el público conoce de memoria. La formación actual incluye a Josu García e Igor Paskual a las guitarras, Alfonso Alcalá al bajo, Laurent Castagnet a la batería, Germán Sanmartín en teclados y acordeón y Dani Herrero al saxofón. Un lujazo vamos.


Hacia las once, con media hora larga de concierto, “Salud y rock and roll” dejó uno de esos momentos en los que merece la pena apartar la vista del cantante. La sección instrumental permitió respirar a la canción y Dani Herrero encontró espacio para el saxo antes de que la guitarra tomase el relevo. Nada especialmente aparatoso: músicos tocando y una banda sonando como tal, que no siempre es tan obvio como debería.

“Cruzando el paraíso” llevó el concierto hacia un terreno más emocional antes de que “El rompeolas” devolviese al público a ese lugar en el que la memoria individual empieza a convertirse en coro colectivo. Era precisamente ahí donde este concierto marcaba la distancia con la visita anterior. No se trataba únicamente de escuchar a Loquillo. La gente había acudido con determinadas canciones aprendidas desde hacía veinte, treinta o cuarenta años y quería utilizarlas.
“Memoria de jóvenes airados” y “Rock suave” mantuvieron ese diálogo con diferentes épocas de su repertorio, mientras “El último clásico” funcionaba casi como una definición del personaje que teníamos delante. Puede discutirse la etiqueta —y seguramente conviene hacerlo—, pero pocas figuras del rock español han construido una identidad escénica tan reconocible durante tanto tiempo.

Con “Carne para Linda”, Loquillo bajó hacia las primeras filas para saludar y estrechar manos. No necesita convertirse en un frontman hiperactivo, ni lo pretende. Su manera de ocupar un escenario siempre ha ido por otro lado: economía de movimientos, altura, gesto, media vuelta en el momento preciso y esa voz grave que a estas alturas forma parte tanto de las canciones como de cada riff que salía de las guitarras de Igor y Josu.
A partir de ahí, “El Rey del Glam” llevó inevitablemente hacia otra época, “Rock and Roll Star” fue recibida como cabía esperar y “El ritmo del garaje” volvió a poner en contacto varias generaciones que probablemente no coincidan demasiado en sus listas de Spotify, pero sí conocen esos estribillos.
Ahí estaba, de hecho, una de las imágenes interesantes de Loquillo en Costa Feira 2026. En una edición que ha buscado abiertamente públicos más jóvenes y sonidos actuales, aquella noche el recinto tenía otra edad media, otra forma de vestir y otra relación con las canciones. Ni mejor ni peor. Diferente. El festival también gana cuando permite que esas audiencias se crucen en su programación y no intenta convertir todo el verano en una misma playlist.
“Feo, fuerte y formal” dejó el terreno preparado para las presentaciones. Merecidas, además. Porque Corazones Legendarios funciona en directo en buena medida por una banda que evita convertir el repertorio en una reproducción de museo. Hay respeto por las canciones, pero también arreglos y detalles suficientes para que no parezcan piezas conservadas en formol.


Y quedaba la inevitable.
“Cadillac solitario” cerró el concierto sin necesidad de fuegos de artificio. Loquillo podía haberse marchado antes y probablemente una parte importante del público habría seguido esperando esa canción. De modo que llegó al final, donde tenía sentido: cantada por prácticamente todo el recinto y estirada por una banda que sabía perfectamente que estaba dejándonos el último recuerdo de la noche.
A veces los conciertos sirven también para corregir expectativas. En 2024 Loquillo vino a Costa Feira con otra propuesta, más teatral, literaria y deliberadamente alejada de una colección de clásicos de rock. Quien entró entonces esperando “Ritmo del garaje” salió desconcertado —incluso cabreado—, aunque el artista hubiese anunciado claramente qué espectáculo estaba presentando.
El lunes 10 de agosto ocurrió justo lo contrario. Corazones Legendarios no escondía sus cartas y Loquillo tampoco. Hubo guitarras, saxo, canciones reconocibles, una banda excelente y un tramo final pensado para que la memoria hiciese buena parte del trabajo.
Quizá por eso las 3.200 personas que estuvieron en Costa Feira no parecieron pocas cuando empezó a sonar “Cadillac solitario”. Dos años después, muchos habían regresado buscando precisamente este concierto. Y esta vez lo encontraron.
Más información sobre el Costa Feira 2026 en su página oficial.
Fotografías Loquillo Costa Feira 2026









Fotografías público Costa Feira 2026




















