Cuando el papel tenía memoria: carteles, entradas y rock antes del algoritmo

Hubo un tiempo en que descubrir un concierto comenzaba al doblar una esquina. Un cartel pegado en una pared, una persiana o el escaparate de una tienda de discos bastaba para despertar curiosidad. La pegada de carteles formaba parte del paisaje musical de la ciudad y de una manera de comunicar más física, menos inmediata y quizá también más memorable.

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Diseño de cartel para el primer Guitar Calavera Fest celebrado en La Iguana (Ilustración y diseño Pablo Villaverde).

Acciones como la pegada de carteles en Madrid siguen recordando que el papel tiene una presencia difícil de reproducir en una pantalla. El cartel no aparece porque un algoritmo lo haya seleccionado. Está ahí, compartiendo espacio con la arquitectura, el tráfico, los comercios y las personas que pasan frente a él cada día.

Un buen cartel nunca se limitó a informar de una fecha, una sala y un grupo. También debía anticipar una experiencia. La tipografía, los colores, la fotografía o la ilustración podían sugerir cómo sonaría aquel concierto antes de escuchar una sola canción.

Cada escena musical desarrolló su propio lenguaje visual. La psicodelia recurrió a formas sinuosas y letras casi indescifrables. El punk abrazó el collage, las fotocopias y los recortes de prensa. El rock, el heavy metal creó mundos poblados por criaturas fantásticas, paisajes imposibles y logotipos reconocibles al instante.

El diseño tenía personalidad.

El diseño tenía personalidad. No intentaba adaptarse a todos los formatos ni gustar a todo el mundo. Aspiraba a representar a un artista, una escena y un momento concreto.

cartel milton glaser bob dylan
El famoso poster diseñado por Milton Glaser en 1966

Cuando una imagen pertenecía a un músico

Uno de los mejores ejemplos es el retrato de Bob Dylan creado por Milton Glaser en 1966. La silueta oscura del cantante contrasta con un cabello formado por curvas de colores intensos. El póster acompañó a Bob Dylan’s Greatest Hits, pero terminó superando su función promocional.

El cartel podía reconocerse desde lejos y, al mismo tiempo, invitaba a detenerse para observarlo.

Glaser no se limitó a colocar una fotografía junto al nombre del músico. Construyó una imagen capaz de expresar una época. El cartel podía reconocerse desde lejos y, al mismo tiempo, invitaba a detenerse para observarlo. Por eso acabó colgado en dormitorios, estudios y tiendas, convertido en una pieza artística independiente.

Algo parecido sucedió con los carteles psicodélicos del Fillmore de San Francisco o con la estética creada por Jamie Reid para los Sex Pistols. Eran diseños inseparables de los artistas que anunciaban. No podían reutilizarse para cualquier otro grupo cambiando el nombre y la fecha.

Hoy ocurre a menudo lo contrario. Las campañas deben funcionar como publicación cuadrada, historia vertical, cabecera, miniatura y anuncio. Todo debe ser limpio, rápido y legible. Esa necesidad práctica ha eliminado parte del riesgo y de la diferencia.

Jamie Reid Sex Pistols
Diseño de Jamie Reid para los Sex Pistols

La perfección que termina pareciéndose a todo

La inteligencia artificial permite generar imágenes espectaculares en pocos minutos. El problema no está necesariamente en la herramienta, sino en utilizarla como sustituto de una idea.

Rostros impecables, luces cinematográficas, figuras surrealistas y composiciones técnicamente perfectas se repiten hasta resultar familiares. Cambian los colores y los personajes, pero muchas imágenes parecen venir del mismo lugar. Pueden llamar la atención durante unos segundos y desaparecer de la memoria poco después ya que todos los diseños son iguales.

El diseño real no consiste solo en producir algo atractivo. Exige decidir qué se quiere contar, qué referencias tienen sentido y por qué esa imagen pertenece a ese artista. También implica errores, pruebas y limitaciones.

Una impresión ligeramente desplazada, una fotografía con grano o una tipografía dibujada a mano pueden aportar más identidad que una imagen perfecta. Son señales de que alguien ha tomado decisiones.

Precisamente, el músico Oscar Avendaño (Siniestro Total, The Bo Derek’s,…) publicaba ayer esto en sus redes.

Aprovechamos para informaros que Avendaño ha sacado nuevo trabajo titulado «El Huevo de la Serpiente» y que podéis escuchar y comprar desde su BandCamp.

Entradas físicas para noches irrepetibles

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La pérdida no afecta únicamente a los carteles. Las entradas físicas también formaban parte del ritual de asistir a un concierto. Se guardaban antes de la actuación y, muchas veces, durante años después.

Un ticket conservaba la fecha, el recinto y el precio, pero también recuerdos que no estaban impresos

Un ticket conservaba la fecha, el recinto y el precio, pero también recuerdos que no estaban impresos: la espera frente a la sala, los amigos, la primera canción o un bis inesperado. Una entrada digital resulta más cómoda, aunque rara vez despierta el deseo de conservarla durante décadas.

Los carteles cumplen una función parecida. Primero anuncian y después recuerdan. Pueden terminar arrancados de una pared, enrollados en un armario o enmarcados como parte de una biografía musical.

Echar de menos el papel no significa rechazar la tecnología. Significa reclamar imágenes específicas, reconocibles y humanas. El rock siempre ha vivido de las voces imperfectas, las guitarras personales y los gestos imposibles de repetir exactamente.

Su diseño debería conservar la misma cualidad. Una publicación puede recibir miles de impresiones y desaparecer al día siguiente. Un cartel puede permanecer durante años en una pared y hacer que, con una sola mirada, la música vuelva a empezar.





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