El mundo de la música perdía ayer a uno de sus pilares discretos pero esenciales: Steve Cropper, fallecido a los 84 años. Su guitarra, tan reconocible como humilde, definió el pulso del soul y del R&B de los sesenta, y acompañó a gigantes como Otis Redding o Wilson Pickett sin pedir nunca protagonismo. Su legado, enorme y profundamente humano, seguirá latiendo en cada riff sencillo y perfecto que dejó atrás.
El mundo de la música perdía ayer a uno de sus pilares discretos pero esenciales: Steve Cropper, fallecido a los 84 años. Su guitarra, tan reconocible como humilde, definió el pulso del soul y del R&B de los sesenta, y acompañó a gigantes como Otis Redding o Wilson Pickett sin pedir nunca protagonismo. Su legado, enorme y profundamente humano, seguirá latiendo en cada riff sencillo y perfecto que dejó atrás.
Steve Cropper ya era leyenda en vida, pero su muerte a los 84 años confirma lo que muchos músicos sabían desde hace décadas: hubo un antes y un después de su manera de tocar. En un mundo que a menudo celebra la velocidad y el virtuosismo desmedido, él construyó un imperio a base de silencios, ataques mínimos y una intuición casi sobrenatural para colocar la nota justa en el sitio justo. No por casualidad le apodaron “The Colonel”.
Cropper fue el guitarrista de Booker T. & the M.G.’s y, sobre todo, una pieza vital del engranaje de Stax Records en Memphis. Desde esa trinchera, discreta pero decisiva, ayudó a definir la textura del soul y el R&B de los años sesenta. Coescribió y grabó auténticos pilares de la música popular como Green Onions, In the Midnight Hour, Knock on Wood o esa joya emocional que es (Sittin’ On) The Dock of the Bay. Si Otis Redding sonaba a verdad, era en parte porque Cropper sabía dejarle espacio para respirar.
Lo curioso es que, pese a su papel central en Stax, nunca actuó como estrella. Prefería ser esa presencia tranquila que mantenía el groove mientras otros brillaban. En Galicia, tierra que siempre ha mirado hacia el blues y el soul con cariño, muchos músicos jóvenes aprendimos sus riffs a la vez que los de Clapton o Page. Porque Cropper enseñaba algo difícil de olvidar: que la emoción no está en tocar más, sino en tocar mejor.
Su relevancia, lejos de quedar anclada en los sesenta, se amplificó cuando pasó a formar parte de The Blues Brothers, tanto en la banda como en las películas que los convirtieron en fenómeno cultural. Para toda una nueva generación, su imagen —gafas oscuras, gesto imperturbable, guitarra al pecho— fue la puerta de entrada a un universo musical anterior. A partir de ahí, trabajó con artistas de todos los géneros: Neil Young, Bob Dylan, Rod Stewart, John Fogerty… Su lista de colaboraciones es casi un mapa de la música norteamericana del último medio siglo.
Reconocimientos no le faltaron: miembro del Rock & Roll Hall of Fame, del Songwriters Hall of Fame, y receptor de un Grammy Lifetime Achievement Award. Y aun así, siguió grabando con la misma naturalidad de siempre, como si lo de ser leyenda no fuera con él. De hecho, el año pasado publicó Friendlytown, un disco que mostraba que la creatividad seguía intacta.
Su muerte deja un hueco incómodo, de esos que no se llenan con homenajes rápidos. Cropper representaba una forma de entender la música basada en el respeto a la canción, al compañero y al público. Una ética que hoy, en tiempos de inmediatez y saturación, resulta casi revolucionaria.
Si comparamos su figura con la de muchos héroes actualesentendemos que Cropper no buscaba épica: la creaba sin pretenderlo. Su legado es una lección permanente.
Se ha ido un guitarrista enorme, sí, pero sobre todo un compositor que cambió la sensibilidad de millones. Su música seguirá apareciendo, de fondo o en primer plano, cada vez que alguien recuerde que el groove también puede ser un acto de ternura. RIP, Colonel.
Josh Smith hablando de los mejor de Steve Crooper
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