El Río Verbena Fest 2026 volvió a llenar de música el entorno del Recinto Ferial de Pontevedra durante dos jornadas en las que hubo bastante más que estribillos de festival. Sidonie convirtió su concierto en un juego colectivo, Sarria pagó injustamente el precio de coincidir con la espera de La La Love You, Carlos Ares y León Benavente reivindicaron el valor de una banda en directo y Siloé dejó una de las grandes contradicciones del fin de semana para muchos: grandes canciones y conexión impresionante, pero demasiada música empaquetada de antemano. Love of Lesbian, en uno de sus últimos conciertos antes del parón, puso emoción y discurso a un sábado que terminó dejando una pregunta sobrevolando el Lérez: ¿cuánto directo queremos todavía en la música en directo?
Primer día del festival Río Verbena
Llegamos el viernes al Río Verbena Fest 2026 sobre las siete y media de la tarde y Pontevedra todavía estaba en modo agosto. El sol picaba con ganas y a esa hora había una cola importante en los accesos, una buena pista de que buena parte del público había elegido empezar pronto la jornada.
En ese momento Müntrails apuraban los últimos minutos de su actuación en La Gramola. Rock potente y una entrada todavía discreta, esa ingrata franja horaria en la que el grupo está ya sobre el escenario mientras buena parte del público continúa llegando al recinto, buscando una cerveza o situándose para el resto de la tarde. Lo poco que pudimos escuchar dejaba ganas de haber llegado antes.




A las ocho y media cambió considerablemente el panorama. Sidonie salieron al escenario Xacobeo con El incendio y no necesitaron demasiado tiempo para recordar por qué funcionan tan bien en este tipo de citas. Su directo tiene canciones, por supuesto, pero también oficio festivalero entendido en el buen sentido: saben leer lo que tienen delante, cuándo acelerar y cuándo convertir un pequeño detalle en parte del espectáculo.
Tras Et puc odiar molt més, una de las piezas de Catalan Graffiti, llegó Me llamo ABBA y apareció uno de esos momentos que no están en ningún setlist. Un niño sostenía una pancarta en la que podía leerse «Axl, ¿me das tus baquetas?«. Marc Ros llamó a Axel Pi y trasladó públicamente la petición. La respuesta, naturalmente, fue afirmativa. A veces cuesta mucho menos conectar con varios miles de personas que montar una pantalla de veinte metros.


Galicia, por tanto, parece tener cierta responsabilidad histórica en este asunto.
«En mi garganta» dio paso después a un breve tramo acústico antes de que «Un día de mierda» terminase convertida en cualquier cosa menos eso. Marc interrumpió la canción para organizar la conga de Sidonie, que fue creciendo alrededor del recinto hasta que la propia banda aseguró que aquella de Pontevedra había sido la más larga que habían conseguido hasta la fecha. Ros recordó además que la primera había surgido años atrás en la Sala Capitol de Santiago. Galicia, por tanto, parece tener cierta responsabilidad histórica en este asunto. Esperamos que para bien.
La parte final mezcló canciones con ese punto de improvisación controlada que Sidonie maneja con soltura. Después de otro viaje a Catalan Graffiti apareció «Fascinado» y poco después llegó el llamado juego de las camisetas. Una de Ramones sirvió para disparar unos compases de «Blitzkrieg Bop» y su inevitable «Hey! Ho! Let’s go!«; otra de Nirvana provocó los primeros acordes de «Smells Like Teen Spirit«.
«Carreteras infinitas» y «No salgo más» encaminaron un final que llegó demasiado pronto. En algún momento Buenos Aires dejó su sitio a Pontevedra en la letra, pequeño peaje local que el público compró encantado, y «Estáis aquí» se alargó con todo el recinto agachándose primero y cantando después. Concierto corto, muy intenso y perfectamente consciente del lugar en el que estaba sucediendo. Sidonie no intentaron convertir una hora de festival en una obra trascendental. Se dedicaron, como es habitual en ellos, a hacerla divertida. Y en eso no fallan.






El cambio hacia Luis Fercán fue casi demasiado brusco. Después de la electricidad, la conga y los pequeños incendios de Sidonie, su propuesta íntima hizo caer las revoluciones de golpe. Quizá más de lo que necesitaba la jornada en ese momento.
Eso no quita mérito a lo que ocurría sobre La Gramola. Al contrario. La sutileza del sonido de Fercán, el cuidado de las dinámicas y esa manera de dejar espacio entre las notas fueron de lo mejor tratado técnicamente durante el viernes. Hay conciertos que invitan a saltar, bailar o moverse y otros que obligan casi a quedarse quieto para escuchar los matices. El suyo pertenecía claramente a los segundos, aunque el horario y la secuencia del cartel no fuesen sus mejores aliados.





Con Siloé volvimos al extremo opuesto. «Terrorismo emocional» abrió un concierto construido para crecer desde el primer minuto y «Las palabras«, ya en el arranque, confirmó la enorme facilidad del grupo para fabricar melodías que el público reconoce y canta. También sonó «Esa estrella» antes de uno de los momentos más personales del show.
Fito dedicó una canción al padre de Jacobo, su batería, natural de Caldas de Reis y atravesando, según explicó, una mala racha. «¡Que viva Caldas y que viva Pontevedra!«, soltó antes de continuar. Son ese tipo de conexiones geográficas y personales las que hacen que una fecha deje de parecer exactamente igual a la anterior.
El «problema» de Siloé apareció cuando apartamos por un momento la vista de las canciones y empezamos a fijarnos en cómo estaba construido el directo.
Tras aquel bloque, voz y guitarra abandonaron momentáneamente el escenario. Jacobo se puso en pie sobre su asiento para animar al público y poco después regresó la guitarra para construir junto a la batería una introducción instrumental apoyada claramente sobre secuencias y arreglos pregrabados. La intención era épica. El resultado se quedaba a medio camino precisamente porque había demasiado sucediendo sin que hubiese nadie sobre las tablas haciéndolo.
Una nueva cita bíblica apareció en las pantallas antes de «Si te pones de mi parte«. Y ahí volvía a aparecer la paradoja: Siloé tiene buenas canciones y Fito es un frontman de los que no conceden demasiados segundos de descanso. Recorre el escenario, busca continuamente al público, gesticula, canta como si estuviese intentando alcanzar también la última fila y se entrega físicamente al concierto. A su lado, Jacobo pega a la batería con una contundencia fantástica. Durante muchos momentos fue precisamente su batería el elemento que más inequívocamente nos devolvía la sensación física de estar viendo música suceder en ese instante.

También hubo espacio para un guiño al riff de «Personal Jesus» de Depeche Mode y para «Campo Grande«, utilizada para mirar hacia los seguidores que llevan acompañándolos desde hace alrededor de una década. Fito agradeció el apoyo de quienes estaban desde el principio y del equipo de Esmerarte, con mención a Kin, antes de bromear con que, aunque muchos pudiesen pensarlo, al día siguiente no estarían en el Náutico.
La contradicción se hizo todavía más curiosa durante «Todos los besos«, cuando Fito lanzó una frase que parecía escrita para el debate que estábamos teniendo mentalmente desde hacía un rato: «Esto no es inteligencia artificial, somos humanos haciendo música«.
Y sí, claro que lo son. El problema no es ese.
El problema es que una formación sin bajista sobre el escenario y con una presencia tan importante de arreglos, capas e instrumentación pregrabada termina acercándose demasiado a esa sensación de escuchar el disco reproducido en directo. Todo suena grande, todo está perfectamente colocado, todo cae donde debe caer. Quizá demasiado. La música pierde parte del riesgo, de la respiración y hasta del pequeño error que distingue un concierto de su reproducción.
Eso no impidió que el show resultase intenso y potente ni que buena parte del público lo disfrutase enormemente. Son cosas compatibles. También convendría dosificar el megáfono de Fito: funciona como color puntual, pero cuando el recurso aparece una y otra vez termina perdiendo precisamente aquello que lo hacía especial.
«Que merezca la pena» cerró una actuación eficaz, emocional y muy celebrada, pero también uno de los conciertos que más conversación nos dejó después. Y eso tampoco es necesariamente malo.





La siguiente paradoja del viernes esperaba en La Gramola. Sarria, una de las mejores bandas de toda la jornada, tocó ante bastante menos gente de la que merecía. Buena parte del público había decidido instalarse ya frente al Xacobeo para coger sitio para La La Love You. La lógica de los festivales puede ser cruel: a veces importa tanto lo siguiente que dejamos escapar lo que está ocurriendo delante.


Nacho Sarria apareció completamente vestido de blanco y afrontó los dos primeros temas sin guitarra. Después se colgó su SG y terminó de encajar en una banda magnífica, de esas en las que mirar a los lados del cantante siempre merece la pena.
En «Lo que ves es lo que hay«, Alejandro Hidalgo recurrió al e-bow para alargar las notas y construir una atmósfera que llevaba inevitablemente hacia Heroes de David Bowie. «Química inestable«, con ese «ya no puedo confiar en nadie» flotando sobre la canción, mostró después la cara más nerviosa del repertorio.
Y entonces apareció «Artificial«. Difícil encontrar una canción más apropiada para aquel viernes. Unas horas después de discutir mentalmente cuánto había de directo en algunos directos, Sarria cantaba sobre un mundo cada vez más fabricado y menos auténtico. De la canción ya hablamos cuando fue publicada como adelanto de su nuevo trabajo en Guitar Calavera: Sarria planta cara a un mundo de plástico con «Artificial».
En el tramo final Nacho volvió a prescindir de la guitarra y la banda siguió sonando enorme hasta «De una flor«. Ahí llegó el único reproche serio: terminaron unos cinco minutos antes del horario previsto. En una sala puede parecer una anécdota. En un festival, donde cada grupo dispone de un tiempo medido con bisturí, regalar cinco minutos al silencio cuesta un poco más entenderlo. Especialmente cuando lo que estaba sonando merecía seguir.





A medianoche larga aterrizó la invasión extraterrestre de La La Love You. Pantallas, estética de ciencia ficción y un arranque diseñado para no dejar demasiadas dudas: «Himno para los que están jodidos», «Una boda en Las Vegas» y «Más colao que el Colacao».
La convocatoria era enorme. Pocos grupos españoles de su generación han conseguido arrastrar una base de seguidores tan amplia en tan poco tiempo y canciones como «El fin del mundo» explican perfectamente por qué. El problema es que, al menos en directo, su fórmula continúa resultándonos demasiado simple.
Los estribillos entran rápido, las canciones están construidas con eficacia y el envoltorio alienígena aporta una idea visual clara, pero pasada la sorpresa inicial cuesta encontrar dinámicas, riesgo o desarrollo musical suficiente para sostener todo el concierto. Funciona más el fenómeno que la banda. Sus seguidores, evidentemente, tenían una opinión bastante distinta y cantaron buena parte del repertorio. También de eso van los festivales.


Crónica Río Verbena 2026, el sábado las bandas vuelven a ocupar el escenario

El sábado llegamos con Yoly Saa interpretando ya su última canción, así que nuestro segundo día comenzó realmente en La Gramola con Los Acebos.
La banda dejó un guiño especialmente agradecido al recuperar «Que no, que no«, canción de Xoel López perteneciente a su etapa al frente de Deluxe. No era una versión escogida al azar en Galicia y se notó en la respuesta. También hubo agradecimientos para su productor, Juan de Dios, presente en el recinto.







Poco después llegó uno de los nombres que mejor justificó acercarse pronto al escenario Xacobeo: Carlos Ares.
Habíamos comprobado ya en O Son do Camiño que su música crece muchísimo cuando pasa al escenario, pero en Pontevedra volvió a dejarlo claro. El concierto arrancó con «Páramo» y desde ahí todo tuvo una cualidad que, después de algunas sensaciones del viernes, agradecimos especialmente: había músicos tocando y se notaba.

No se trataba únicamente de que la ejecución fuese impecable. Era la manera en la que bajo, batería, guitarras, teclados y voces respiraban juntos, dejando espacio para que una canción pudiese moverse sin parecer atada a una cuadrícula. Sonaron «Rocíos«, «La boca del lobo«, «Lenguas calvas» o «Días de perros«, y también recuperó «Pájaros de barro» de Manolo García, una versión que ya había interpretado semanas antes en O Son. «Materia prestada» y «Aquí todavía» ayudaron a completar un repertorio en el que las canciones ganaron mucho gracias a una banda sencillamente fantástica.
Ares tiene canciones, pero sobre todo ha entendido algo que no siempre resulta tan evidente: si llevas semejante grupo de músicos de gira, hay que dejarles tocar. Y vaya si tocaron. «Peregrino» puso el cierre a uno de los conciertos más completos que vimos durante los dos días.












Después de Carlos Ares, Sanguijuelas del Guadiana dejaron una de las imágenes más llamativas de la tarde en La Gramola. Sorprendió especialmente la cantidad de gente que se congregó para ver a una banda todavía muy joven, pero que ya arrastra una masa de seguidores considerable. Y no estaban allí de paso: muchas de las canciones de Revolá fueron recibidas y cantadas por un público que conocía bien el repertorio.
El comienzo, eso sí, no fue perfecto. Durante los primeros temas la voz no terminó de escucharse con la claridad necesaria y quedó algo enterrada en la mezcla, un problema especialmente evidente en una propuesta donde las letras tienen tanto peso. El sonido fue asentándose a medida que avanzó el concierto y, superado ese arranque irregular, los extremeños ofrecieron un buen directo, con desparpajo, identidad propia y esa mezcla de rock, raíces y lenguaje generacional que explica buena parte del crecimiento que están experimentando. Todavía están construyendo su camino, pero la respuesta que encontraron en Pontevedra dejó claro que ya no hablamos de una banda a la que haya que presentar demasiado.







Con Love of Lesbian el sábado adquirió otro peso. No era una fecha cualquiera: el grupo afrontaba una de sus últimas actuaciones en Galicia antes del parón anunciado, y quizá por eso algunas palabras de Santi Balmes parecían caer con algo más de gravedad de la habitual.

Una versión quizás más intimista de «Ejército de salvación» abrió el concierto y enseguida llegaron «Cuando no me ves«, «Bajo el volcán» y «Contradicción«. Esta última, grabada junto a Rigoberta Bandini, mantuvo su presencia en el directo a través de las pantallas, donde se proyectaron imágenes de la artista durante sus partes de la canción. Love of Lesbian tiene una ventaja enorme en festivales: puede modificar bastante el repertorio sin quedarse sin canciones reconocibles. «1999«, enlazada con «Por qué te vas«, volvió a demostrarlo.
Balmes habló también de salud mental, de sus propios altibajos y de esa sensación de empezar a romperse que lleva años apareciendo en sus canciones.
Balmes habló también de salud mental, de sus propios altibajos y de esa sensación de empezar a romperse que lleva años apareciendo en sus canciones. Explicó que al subir a un escenario todo aquello, al menos durante un rato, desaparece. Fue uno de los momentos menos teatrales del concierto y quizá por ello de los que mejor funcionaron.

«¿Qué vas a saber?» dio paso más adelante a «I.M.T. (Incapacidad moral transitoria)» y después llegó «Algunas plantas». La canción tuvo que detenerse porque alguien del público se encontraba mal. La banda esperó, se aseguró de que la situación estuviese atendida y, una vez resuelto el problema, decidió volver a empezar la canción desde el principio. Nada especialmente heroico. Simplemente lo correcto. Que a veces ya es bastante.
Antes de «La Champions y el Mundial«, Balmes habló de propósitos y de haber conseguido dejar de fumar. Luego convirtió el recinto en uno de sus habituales concursos de lo-lo-lós entre ciudades y territorios. Las rivalidades fueron creciendo hasta que soltó que Ayuso cantaba más alto. El abucheo y la respuesta del público hicieron el resto.
«Quien es inteligente y honrado, no es fascista»
En «La hermandad» llegó el tramo explícitamente político. Al terminar, Balmes recuperó una frase que ya ha utilizado en otras ocasiones: «Quien es inteligente y honrado, no es fascista«. El comentario obtuvo una sonora ovación en Pontevedra.
Musicalmente, el concierto siguió creciendo con «Allí donde solíamos gritar» hasta alcanzar «Los toros en la Wii (Fantástico)», cuyo tramo final se convirtió en uno de esos popurrís en los que Balmes va encadenando retazos de canciones españolas de los ochenta y noventa. No fue todavía el cierre: «Los irrompibles» dejó el camino preparado para «Club de fans de John Boy«.
Y ahí sí. Una última canción cantada por miles de personas y esa sensación extraña de estar viendo a un grupo que no se despide del todo, pero sí baja temporalmente una persiana. Love of Lesbian no hicieron de Pontevedra un funeral anticipado. Por suerte. Fue más bien una celebración con alguna grieta visible.











Después de tanta palabra y tanta emoción, León Benavente hicieron algo mucho más sencillo: salir y sonar como una barbaridad.

Probablemente fue la sorpresa más agradable del sábado. Un concierto tremendamente físico, compacto y con una banda que imponía desde atrás. La batería tuvo una pegada extraordinaria y el bajo sostuvo buena parte de ese muro de sonido, aunque su responsable abandonó por momentos las cuatro cuerdas para colgarse una guitarra y lanzar algún solo y varios guiños a riffs del hard rock.
Ahí estaban «Ánimo, valiente«, «Ser brigada» o «Ayer salí«, pero por encima de los títulos quedó la sensación de conjunto. León Benavente sonaron a banda. Parece una observación demasiado básica para escribirla en una crónica de conciertos, hasta que pasas un fin de semana viendo propuestas donde cada vez cuesta más saber qué está tocando alguien y qué está saliendo de una pista.



Esa terminó siendo, de hecho, una de las ideas que atravesó nuestro Río Verbena Fest 2026.
La jornada todavía guardaba un último concierto con Xoel López, encargado de cerrar el Río Verbena Fest 2026. A esas alturas de la noche solo llegamos a disfrutar del inicio de su actuación, un broche de marcado sabor gallego para despedir dos días de música junto al Lérez y poner punto final a una edición que, más allá de nombres y estilos, volvió a demostrar la variedad de públicos que es capaz de reunir el festival en Pontevedra.
Fotografías público Río Verbena 2026




















Sidonie demostraron que oficio y diversión no están reñidos. Luis Fercán bajó quizá demasiado el ritmo justo después de ellos, pero ofreció un sonido exquisito. Sarria sufrió una entrada incomprensiblemente pequeña mientras ofrecía uno de los mejores conciertos del viernes. La La Love You volvieron a confirmar que tener una legión de seguidores no obliga a todo el mundo a encontrar profundidad en su propuesta. Siloé conectaron con miles de personas y tienen canciones magníficas, pero su apuesta por secuencias y arreglos pregrabados nos sigue alejando de aquello que buscamos cuando vamos a ver música sobre un escenario.
Y un día después Carlos Ares y León Benavente ofrecieron la mejor respuesta posible: músicos mirándose, tocando, empujándose unos a otros y dejando que las canciones respiren.
En medio estuvo Love of Lesbian, recordándonos que un concierto también puede servir para hablar de lo que ocurre cuando se apagan las luces.
Dos días, dos escenarios y muchas maneras distintas de entender eso que todavía llamamos directo. Algunas nos convencen bastante más que otras. Y menos mal.
QUIZÁS TE INTERESE:
Gira de Chuck Ragan en diciembre de 2026: canciones nacidas en la carretera que huyen de los grandes artificios
Río Verbena 2026 calienta motores con conciertos gratuitos y bonus en las recargas cashless
Barcelona se prepara para el adiós de The Adicts: despedida histórica del punk británico el 20 de junio de 2026
Crónica del concierto de Viva Suecia: los de Murcia hacen de Galicia una de sus plazas fijas







