La crónica del Jaleo Fest 2026 confirma que la segunda edición del festival no se explicó solo por los nombres del cartel, sino por algo más difícil de conseguir: el pulso. El de una jornada capaz de empezar con eco de feira gallega, torcer después hacia el desenfreno de la ironía pop y rematar con guitarras tensando el final. Con el Multiusos Fontes do Sar a rebosar, Santiago acogió un festival que funcionó tanto por lo que programó como por la manera en que fue creciendo durante la noche.
El Festival Jaleo! volvió a convertir el Multiusos Fontes do Sar en un pequeño ecosistema propio: pulseras, barras, corrillos que iban creciendo poco a poco a lo largo de la tarde y ese momento reconocible en el que un recinto todavía a medio llenar ya deja ver que va a ser una gran noche. La segunda edición llegaba con la prueba del algodón para cualquier cita joven —confirmar que lo del estreno no fue flor de un día— y la respuesta del público fue bastante clara. Sold out, buena entrada desde primera hora y una sensación continua de evento bien enfocado. No mastodóntico, que tampoco le hace falta. Sí lo bastante vivo como para que todo tuviese su punto.
Parte de esa continuidad la sostuvo Señora DJ, que hizo un trabajo mucho más importante de lo que suele parecer cuando se escribe deprisa sobre festivales. Sus sesiones, aunque algo largas, sirvieron para empastar la jornada, para evitar esos valles de energía tan habituales entre cambios de escenario y para mantener el recinto despierto.
De Ninghures: la muñeira que despertó al Jaleo!

Los primeros en salir fueron De Ninghures, y no se les ocurrió mejor manera de abrir que recordarle al respetable que en Galicia también se puede calentar un festival sin necesidad de copiar códigos ajenos. Con su segundo disco Feira bajo el brazo —lanzado el pasado año— y lo hicieron con esa mezcla suya de raíz, frescura y desparpajo, logrando que el público madrugador dejase a un lado la parsimonia de la llegada.
Hubo baile desde pronto, hubo conexión y hubo una escena bastante elocuente: donde en otros conciertos aparecería el primer empujón de pogo, aquí entró la muñeira“
Hubo baile desde pronto, hubo conexión y hubo una escena bastante elocuente: donde en otros conciertos o festivales aparecería el primer empujón de pogo, aquí entró la muñeira. Con temas como «Descolorido», «O último baile» y Poço con su “Ven bailar, bailar” levantaron a los más puntuales y el arranque tuvo algo de declaración de intenciones. No era solo una banda abriendo. Era una forma de situar el festival en su sitio, sin impostura y sin necesidad de subrayarlo demasiado.







Sidonie: oficio, himnos y otro baño de masas

Con Sidonie el recinto cambió de marcha. O, mejor dicho, empezó a parecer el festival que muchos habían ido a buscar. Arrancaron con “El incendio”, un comienzo sin rodeos, y enseguida dejaron claro que siguen manejando con oficio eso de meterse al público en el bolsillo sin que parezca una maniobra de manual. Fueron entrando temas del nuevo disco en catalán junto a piezas ya instaladas en la memoria colectiva, y ahí estuvo una de las claves del concierto: no sonó a reparto de cuotas entre presente y pasado, sino a set bien armado. “1997”, “Baby, baby”, “Carreteras infinitas”, “Estáis aquí” o el cierre con “No salgo más” —del que seguro que muchos se acordaron al día siguiente— sostuvieron una hora de concierto intensa, divertida y con esa sensación tan propia de la banda de que todo puede estar calculado sin perder el punto de desorden necesario.
Marc Ros volvió a hacer de Marc Ros y acabó metido entre la gente —»conga» incluida, borrando un poco la frontera entre escenario y pista, que es uno de esos trucos que en otras manos ya parecerían gastados, pero en Sidonie sigue funcionando porque forma parte de su manera de estar en directo. También hubo espacio para el gesto entre gamberro y exhibicionista de Jordi Bastida —fiel escudero de Marc— quedándose sin camisa, para letras coreadas y para un público ya bastante más suelto. No descubrieron nada nuevo, pero tampoco les hacía falta. A estas alturas, su virtud está precisamente en eso: saber cómo hacer que un festival funcione sin necesidad de sobreactuar.










Ojete Calor: el chiste que puso Fontes do Sar patas arriba

Luego llegó Ojete Calor, que es un dúo al que conviene mirar con el termómetro bien calibrado. Empezaron jugando fuerte, con esa adaptación de “Bienvenidos” y un arranque visual deliberadamente ridículo, entre estilismo imposible y humor de trazo grueso. Sonó “Morreo” y aquello se convirtió en karaoke colectivo; aparecieron los fondos de videojuegos arcade en “Vintage”; “Opino de qué” volvió a reírse de esa epidemia nacional de pontificar sobre todo sin saber de casi nada; y el medley setentero remató la jugada con la pista ya entregada a la broma.
La cuestión con Ojete Calor no es si funcionan o no, porque funcionar, funcionan. La gente se lo pasó en grande y sería absurdo negarlo. El problema está más bien en la duración del chiste. Durante un rato son imbatibles: desmontan la solemnidad, desengrasan el cartel y convierten el recinto en una fiesta bastante efectiva. Ahora bien, pasado ese pico, uno empieza a sentir que el artefacto ofrece exactamente una capa y media de profundidad. Divierten, sí. Pero a uno le queda la impresión de que verlos un rato, o una vez tiene toda la gracia del mundo y repetir demasiado la experiencia quizá ya no tanto. En cualquier caso, para ese tramo de festival cumplieron su misión con total eficacia.



Xoel López: pausa, elegancia y un festival a otra velocidad

Después del desparrame de Ojete Calor, a Xoel López le tocó ocupar un lugar delicado: salir a escena cuando el festival venía disparado hacia la carcajada y la pista de baile. Y ahí apareció el contraste. Su concierto fue sobrio en la iluminación, contenido en las formas y también más pausado en el tempo general, seguramente demasiado para ese punto exacto de la noche. Aun así, dejó momentos de verdad. Xoel sigue teniendo esa capacidad poco común de sostener un concierto desde la voz, la intención y una forma de cantar que parece siempre medio conversada, medio soñada. Fue dejando que el público tomase parte en canciones como “Todo lo que merezcas”, “Fort da” —que presentó como su favorita de Caldo espírito— o “Ningún nombre, ningún lugar”, en uno de esos conciertos que no buscan el impacto inmediato sino una conexión más lenta. También hubo espacio para mirar hacia delante: recordó que este 17 de abril publicará Oniria y aprovechó su paso por Jaleo! para tocar sus tres adelantos, “Sombras chinas”, “Cupido (muerte al amor romántico)” y “Campos de Castilla para siempre”. Cerró con “Mágica y eterna” y una “Tigre de Bengala” fundida con “La bamba”, llevando el concierto a un final más expansivo. No faltó oficio ni sensibilidad.





Ultraligera: un cierre con pegada para bajar la persiana

Ultraligera fueron los encargados de cerrar el festival, aunque apenas pudimos ver unos minutos de su actuación. Aun así, sí dio tiempo a percibir un directo con pegada y bastante conexión con el público. Recordaron su primer concierto en Galicia, el año pasado en La Fábrica de Chocolate de Vigo, y en ese tramo final dejaron momentos de cercanía, incluso bajando del escenario. También hubo un pasaje más emotivo antes de “Cuando todo vaya mal”, con unas palabras de Gisme que pidieron silencio que cambiaron durante unos minutos el pulso del recinto, antes de rematar el cierre con la intensidad que les caracteriza.
Ahí estuvo, seguramente, una de las mejores noticias del Festival Jaleo!: en su capacidad para sostener una personalidad reconocible sin encerrarse en una sola idea de festival. Hubo tradición y pop, ironía, emoción contenida, cierre de guitarras y una audiencia que respondió a casi todos los cambios de rasante. No todo tuvo el mismo peso ni todos los conciertos jugaron igual de bien sus cartas, pero eso también forma parte de una jornada real. Y, de hecho, casi se agradece. Los festivales que merecen la pena no son los que parecen una nota de prensa con pulsera, sino los que dejan contraste, discusión y recuerdos concretos.
El Jaleo! todavía está creciendo, pero ya ha dejado de sonar a promesa. Lo suyo empieza a parecer una realidad bastante bien plantada dentro de la primavera musical gallega.
El público, otro de los grandes protagonistas de Jaleo!














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