La crónica del Río Verbena Fest con todo vendido y un ambiente de fiesta de barrio elevado a primera división: Efecto Pasillo puso a bailar hasta al técnico de luces, Coque Malla tiró de clase entre elegancia y memoria, Andrés Suárez pasó de la intimidad al canto colectivo con una “A Rianxeira” espontánea, y Loquillo remató con banda de lujo y dos invitados que hicieron historia. Pignoise tiró de manual festivalero y estribillos tatuados.
Efecto Pasillo
Llegamos al escenario La Gramola con Efecto Pasillo ya en plena faena y el recinto convertido en una pista de baile abierta. Lo suyo es esa elasticidad pop de estribillo inmediato que activa rodillas a la primera palmada; en Pontevedra se notó: “Pan y mantequilla” sonó como un brindis colectivo y la ladera respondió con coros de verano. Apertura perfecta para una tarde de cielo despejado y público intergeneracional que agotó entradas en la explanada del Recinto Ferial a orillas del Lérez.





Coque Malla: 40 años de carrera
Cambio de escenario y de pulso. En el escenario Xacobeo, Coque Malla salió con la electricidad perfecta y esa elegancia escénica que le caracteriza. “Adiós papá” de Los Ronaldos nos encendió como una chispa instantánea —memoria noventera con músculo actual— y a partir de ahí encadenó una lluvia de temas que viajaban por cuatro décadas de carrera: “¿Volverá?”, “Todo el mundo arde”, “No puedo vivir sin ti”… A media actuación, Coque bajó una marcha para recordar que “en 40 años de carrera han pasado muchas cosas, buenas y malas”, frase que sonó a balance vital y a declaración de intenciones: mirar atrás sin quedarse a vivir en el retrovisor. Luego llegaron “Berlín” y una versión de “Mucho mejor” de Los Rodriguez con Amable Rodríguez deslizando un slide impecable en su guitarra —aprovechamos para recomendar su disco instrumental Rapalcuarto— antes de ese quiebro lírico de “Un lazo rojo, un agujero”, que Coque grabó junto a Kase.O, para cerrar con “Me dejo marchar” pulcra y emocionante a la vez.









La intesidad de Andrés Suárez
De vuelta a La Gramola, Andrés Suárez firmó un concierto que fue de menos a más: empezó contenido, creció con “Te doy medianoche” y se topó con un pequeño parón técnico tras la cuarta canción. Lejos de enfriarse, el ferrolano y el público respondieron entonando “A Rianxeira”: momento Galicia en vena reconciliador. Como es habitual en sus conciertos hubo dedicatoria a sus padres con “Teresa y Andrés” —ella, enfermera; él, marinero— y un inciso doloroso sobre los incendios: “nos están quemando el monte gallego”, dijo antes de “Nuestra generación”. “Despiértame” que fue de las más coreadas, y ya en la recta final presentó a la banda, anunció concierto en El Náutico de San Vicente (14 de septiembre) y encadenó “No saben de ti”, “Será”, “Hace un año”. Un set de menos a más, de lágrima contenida y celebración final.









Crónica del Río Verbena Fest: Loquillo
Loquillo tomó el escenario Xacobeo con energía de estadio y verbo de crooner castizo. Abrió con “En las calles de Madrid” y enseguida se permitió rescates menos previsibles como “Sol” de Balmoral. En el público, una chica soltó un “Loco, canta lo que tienes que cantar” que nos sirve para una reflexión rápida: en 2025 los festivales son —también— espacios de memoria compartida y la gente acude con una banda sonora tatuada.
Aquí la nostalgia y el presente no compiten: se retroalimentan.
Los artistas no están obligados a tocar sólo éxitos, pero sí a negociar con ese deseo colectivo de cantar juntos. Cuando el repertorio equilibra clásico y presente, gana todo el mundo: el músico no se traiciona y el público sale con la garganta rota y la sonrisa puesta. Pero volvamos al concierto de Loquillo: “El hombre de negro”, “Salud y rock and roll”, una bandaza con contrabajo, acordeón y saxo engrasando cada giro, y la preciosa “Por amor” tensando el tempo de la noche antes de “Cruzando el paraíso”.
Y llegó la primera sorpresa: Álvaro Benito (Pignoise) se subió con El Loco para un “El Rompeolas” que activó la nostalgia eléctrica. Segunda sorpresa: Coque Malla volvió al escenario para “Besos Robados”, fusión de dos tótems generacionales que el público compró sin pestañear. Y entonces llegó el tramo de puños en alto: “Rock suave” (viaje directo al mítico A por ellos que son pocos y cobardes, 1988), “El último clásico” y Loquillo bajando al foso durante “Todo el mundo ama a Isabel” para estrechar manos de los fans de primera fila.
Remate final con “Rey del Glam”, “Memoria de jóvenes airados”, “Rock & Roll actitud” y una apoteosis que encadenó “Ritmo de garaje”, “Feo, fuerte y formal”, “Rock & Roll Star” y un “Cadillac solitario” de los que se quedan grabados en la retina.









Pignoise
Llegaba el turno de Pignoise y el recinto ya era un coro de 40 y tantos con síndrome de 2005. En clave festivalera tiraron del manual infalible: “Nada podrá salvarte”, “Cama vacía”, la siempre efectiva “Nada que perder” y ese bis de puñal con “Dame tres días”. Cayeron también “Sigo llorando por ti” o “No sentar nunca la cabeza”. Un set hecho para festivales: directo a estribillo y aceleración constante.



Xoel López clausuraba la jornada con repertorio diseñado “a medida de la ciudad”, pero no pudimos quedarnos a vivirlo. La prensa pontevedresa destaca el del coruñés como uno de los momentos más esperados del día y que el cierre mantuvo el listón del lleno absoluto.
Agotado desde la víspera, el Río Verbena Fest confirmó el músculo organizativo de Esmerarte, un recinto bien distribuido con ambos escenarios y una primera jornada que, a pesar del sold out, permitía estar cómodamente y disfrutando de cada concierto sin agobios de otros.
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