O Son do Camiño 2026 volvió a convertir el Monte do Gozo en un enorme cruce de públicos, estilos y generaciones, 126.000 asistentes según la organización. Katy Perry levantó un espectáculo pop de dimensiones industriales, Dani Martín convirtió veinticinco años de canciones en un coro compartido y Linkin Park defendió con total solvencia su nueva etapa. Sin embargo, el concierto que salió verdaderamente reforzado del festival fue el de Biffy Clyro: hermoso, contundente y con la electricidad de una banda que todavía toca como si tuviera algo importante que demostrar.
O Son do Camiño ya no necesita explicar qué clase de festival quiere ser. Su identidad está precisamente en no tener demasiados reparos a la hora de mezclar guitarras, pop masivo, música urbana, electrónica y fenómenos generacionales que quizá no compartirían espacio en ningún otro contexto. El Monte do Gozo volvió a funcionar durante tres días como un punto de encuentro extraño pero efectivo: padres acompañando a hijos, hijos apropiándose de canciones publicadas antes de que nacieran y varias generaciones negociando pacíficamente quién tenía derecho a colocarse más cerca del escenario.
Primera jornada
La edición de 2026 arrancó el jueves bajo un sol generoso y con un cartel dominado por el pop. No conseguimos llegar a tiempo para The Molotovs y entramos en el recinto con Barry B ya sobre el escenario. Cosas de los festivales: uno puede estudiar horarios, accesos y desplazamientos durante días para acabar escuchando las primeras canciones mientras todavía busca la pulsera o intenta orientarse entre la gente.
Leire Martínez fue la primera actuación que pudimos ver completa en el escenario Xacobeo. Llegó enérgica, presentando una nueva etapa y una banda propia, y abrió con «Mi nombre», el sencillo que encabeza su recorrido en solitario. Después de la segunda canción saludó en gallego y explicó que afrontaba aquel concierto acompañada por su nueva formación. Había ganas de verla y también una curiosidad inevitable por comprobar cómo convivían sus canciones recientes con el repertorio de La Oreja de Van Gogh.


La respuesta quedó clara en cuanto aparecieron «El último vals» y «Cometas por el cielo». El público cantó las canciones de la banda donostiarra con una fuerza muy superior a la que recibió el material nuevo, algo previsible y también difícil de esquivar. Leire no trató de hacerlo. Introdujo un popurrí con «20 de enero», «Cuídate», «Puedes contar conmigo» y «La playa», antes de pasar por «Cabeza de ratón», «Rosas» e «Inmortal».
Conviene decirlo sin demasiados rodeos: Leire domina actualmente este repertorio con una seguridad vocal extraordinaria.
La comparación con Amaia Montero puede resultar incómoda y alimentará — solo tenéis que ver nuestro TikTok de Leire —discusiones eternas, pero sobre el escenario del Monte do Gozo la intérprete que defendió esas canciones durante diecisiete años mostró mayor control, potencia y regularidad. No se limitó a reproducirlas. Las cantó desde el conocimiento profundo de quien las ha vivido centenares de veces y sabe exactamente dónde respirar, dónde tensar una frase y cuándo dejar que el público complete el estribillo.
El reto de su nueva etapa estará en conseguir que las canciones propias dejen de funcionar como puentes entre clásicos y encuentren un espacio emocional equivalente. De momento, el contraste es evidente. Pero la voz, la presencia y la banda están ahí.

Carlos Ares volvió a demostrar que sus canciones crecen cuando abandonan el estudio.
Después llegó Carlos Ares, uno de los nombres que más terreno está ganando dentro del pop nacional. Su propuesta se ha ido definiendo alrededor de una mezcla de folk, rock y sensibilidad melódica que evita la blandura incluso en los momentos más delicados. Nuestro compatriota tiene personalidad, algo bastante más difícil de encontrar que una buena producción o un estribillo eficaz, y volvió a demostrar que sus canciones crecen cuando abandonan el estudio.
Entre los momentos de su actuación destacó la versión de «Pájaros de barro», incluida originalmente en el debut de Manolo García. No fue una elección gratuita ni una concesión fácil al público. Encajó con naturalidad en su universo, respetando la esencia de la canción sin convertirla en un clásico clon. Carlos Ares continúa construyendo un lenguaje propio y, aunque todavía se encuentra en plena expansión, cada vez resulta más sencillo reconocerlo antes incluso de que empiece a cantar.
El jueves tenía uno de sus grandes puntos de reunión en Dani Martín. Su gira 25 Pts Años funciona como celebración de una carrera que explica buena parte del pop-rock español de las últimas décadas, pero también como demostración de hasta qué punto aquellas canciones han escapado de su generación original.

Abrió con «Zapatillas», sin rodeos y consciente de que no había necesidad de reservar munición. Siguieron «Volverá» y «Besos», tres canciones suficientes para comprobar que aquello no iba a ser únicamente una sesión de nostalgia para quienes crecieron con El Canto del Loco. Las cantaban los nacidos en los ochenta, los adolescentes que llegaron después y un buen número de asistentes que probablemente descubrieron el repertorio a través de sus padres, hermanos mayores o algoritmos. Las etiquetas generacionales empiezan a quedarse pequeñas cuando miles de personas de edades tan distintas comparten las mismas letras.
Durante «Volverá» subió a tocar la guitarra eléctrica Oliver —Oli—, hijo de Rulo y ahijado de Dani Martín. Fue uno de esos detalles que introducen una historia familiar dentro de una producción de grandes dimensiones sin obligar a detener el concierto para subrayarla.
Vestido de negro, como es habitual, Dani llevaba bordado «O Son do Camiño» en su camisa. “No sabéis lo que es ver esto desde aquí”, confesó antes de «Son sueños». La frase podría haber sonado rutinaria en boca de otro artista, pero encajó con el tono de un concierto construido como una mirada hacia atrás desde un presente todavía multitudinario.
La banda sonó compacta y dejó espacio para algunos detalles instrumentales que evitaron que el repertorio se convirtiera en un karaoke de lujo. Uno de los guitarristas firmó un precioso solo con slide y la aparición de un quinteto de cuerda elevó «Qué bonita la vida». La combinación con el piano comenzó contenida y fue creciendo poco a poco, sin necesidad de inflar artificialmente la emoción desde el primer compás.
La escenografía acompañó ese recorrido entre memoria, humor y celebración. En las pantallas aparecieron caricaturas de artistas españoles como Fito, Leiva o Estopa antes de «La madre de José». Poco después, una enorme mano hinchable haciendo una peineta quedó flanqueando a la banda. Elegancia contenida no era precisamente lo que pretendían.

Las columnas de fuego aparecieron durante distintos momentos del concierto y reforzaron una producción visual muy superior a la habitual en este tipo de repertorios. También regresó el quinteto de cuerda para «Dieciocho». La letra advertía que “nos queda una canción”, aunque todavía quedaban varias; una pequeña trampa narrativa que nadie pareció dispuesto a denunciar.
En «Peter Pan», Dani bajó para buscar el contacto directo con las primeras filas. La recta final incluyó «El último día de nuestras vidas», presentada con una invitación a vivir con amor y pasión, e «Insoportable», rematada entre nuevas llamaradas.
Forman parte de la vida de mucha gente y ya no pertenecen exclusivamente a quien las escribió.
Antes de despedirse recordó actuaciones anteriores en el mismo recinto y habló de la importancia que el Monte do Gozo había tenido en su trayectoria. Al margen de la inevitable maquinaria nostálgica, el concierto funcionó porque las canciones siguen teniendo una gran personalidad y ya son himnos intergeneracionales. Sonaron como canciones populares en el sentido más noble del término: forman parte de la vida de mucha gente y ya no pertenecen exclusivamente a quien las escribió.


Katy Perry cerró el jueves en el escenario Estrella Galicia con un espectáculo levantado desde la acumulación: bailarines, elementos hinchables, cambios visuales, grandes estructuras, coreografías y una sucesión casi ininterrumpida de estímulos. Vista desde la distancia, la producción tenía la escala de una gira de estadios y un sonido mucho más definido que el que habíamos sufrido en esa misma zona durante otras ediciones.
«California Gurls», «Teenage Dream», «I Kissed a Girl» y «Firework» forman parte de un repertorio reconocible incluso para quien nunca haya comprado uno de sus discos. Perry sabe manejar ese patrimonio y mantuvo una actitud cercana, jugando con el público y llegando a lanzarse sobre él dentro de una enorme botella hinchable.
Todo está medido, sincronizado y diseñado para que ningún segundo quede huérfano de una imagen.
Fue divertido, espectacular y eficaz. También dejó ese regusto ligeramente enlatado que acompaña a muchas producciones pop actuales. Todo está medido, sincronizado y diseñado para que ningún segundo quede huérfano de una imagen. El resultado impresiona, aunque a veces se eche de menos algo de riesgo, una pequeña grieta por la que pueda colarse lo inesperado. En cualquier caso, Katy Perry dio exactamente el concierto que buena parte del público había ido a buscar y cerró la primera jornada con un «Firework» que parecía escrito para ese despliegue.


Biffy Clyro reclama su sitio y Linkin Park abre una nueva etapa

El viernes era el día de ponerse nervioso. Linkin Park concentraba una expectación enorme, pero para nosotros había otro acontecimiento marcado en rojo: la primera visita de Biffy Clyro a Galicia. Antes, con un sol de justicia cayendo sobre el recinto, Sexy Zebras ejercieron de agitadores. Su rock directo, descarado y físico sirvió para poner en marcha una jornada que todavía tenía muchas horas por delante.
Biffy Clyro salieron con «The Captain» y tardaron muy poco en dejar claro que no habían venido a cumplir expediente. El trío escocés, reforzado sobre el escenario, construyó uno de los conciertos más contundentes y a la vez más hermosos de todo O Son do Camiño 2026.
Su música vive precisamente en esa tensión. Puede golpear con riffs enormes y, unos segundos después, abrir un espacio melódico capaz de dejar el recinto en silencio. «Space», «Different People», «Machines» y «Wolves of Winter» mostraron esas dos caras sin que el concierto perdiera continuidad. La recuperación de «Cop Syrup», estrenada en esta gira, añadió un punto especial a un repertorio pensado para no conceder demasiados descansos.
Simon Neil se dejó la piel. No como una expresión automática para describir a un cantante que se mueve mucho, sino de forma literal: retorciéndose con cada cambio de dinámica, atacando la guitarra y cantando como si el concierto dependiera de mantener una intensidad física casi insostenible. Hay músicos que interpretan las canciones y otros que parecen atravesarlas. Neil pertenece a los segundos.
La actuación terminó con «Many of Horror», pero el verdadero cierre llegó unos minutos después, cuando buena parte del público seguía comentando lo que acababa de ver. Biffy Clyro ganó seguidores en Galicia porque ofreció algo que no siempre aparece en los grandes festivales: potencia sin artificios, emoción sin chantaje y una ejecución capaz de sonar gigantesca sin perder humanidad. Salieron como una banda esperada por una parte del recinto y se marcharon como uno de los nombres indiscutibles de la edición.




La ausencia de Chester Bennington seguirá siendo imposible de borrar y tampoco tendría sentido intentarlo. Chester es irreemplazable.
Linkin Park afrontaba un examen de otra naturaleza. La banda ha conseguido reconstruirse con solvencia alrededor de From Zero y de la incorporación de Emily Armstrong, conocida anteriormente por su trabajo en Sexy Zebras. La ausencia de Chester Bennington seguirá siendo imposible de borrar y tampoco tendría sentido intentarlo. Chester es irreemplazable. La cuestión es si Linkin Park puede continuar sin convertir su presente en una imitación permanente del pasado. En Santiago, la respuesta fue afirmativa.


El concierto comenzó antes de que apareciera ningún músico, con el tráiler de UNSHATTER, «Cosita linda» y una cuenta atrás proyectada en las pantallas. Después llegó la introducción y «Lying From You» abrió una descarga larga, estructurada en distintos bloques y apoyada en un repertorio que alternó canciones históricas con el material más reciente.

Mike Shinoda ejerció desde el principio como comandante. Voz, guitarra, teclados y control absoluto del desarrollo del espectáculo. Su figura sostiene la arquitectura de la banda, pero Emily fue ganando peso canción a canción hasta apropiarse por completo de su espacio.
«Crawling» apareció muy pronto y resultó imposible no recordar la estremecedora versión lenta incluida en One More Light Live. La original regresó con toda su tensión, pero la memoria de Chester permanece adherida a determinadas canciones de una manera que ningún nuevo arreglo puede evitar. No es una debilidad del concierto. Es parte de la historia que público y banda llevan consigo.
«New Divide», «The Catalyst», «Burn It Down», «Waiting for the End» y «One Step Closer» mantuvieron la intensidad antes de que la recta final concentrara varias de las piezas más coreadas. «Breaking the Habit», «Numb», «In the End», «Faint» y «Papercut» convivieron con «The Emptiness Machine», «Heavy Is the Crown» y el resto de canciones de la nueva etapa.

Armstrong no canta como Chester ni debería intentarlo. Tiene otra textura, otro tipo de agresividad y una personalidad escénica propia. En los primeros compases parecía todavía integrada dentro de la maquinaria; al avanzar el concierto terminó convirtiéndose en uno de sus motores principales. Esa progresión fue una de las claves del show.
La puesta en escena, sin embargo, resultó algo sobria para una banda de este calibre. Las pantallas, las luces y los recursos audiovisuales cumplían su función, pero faltó un elemento verdaderamente impactante que acompañase la dimensión histórica de las canciones. En un cartel rodeado de producciones gigantes, Linkin Park confió casi todo al repertorio y a su presencia.
El sonido también generó comentarios contradictorios. Desde nuestra posición funcionó correctamente, aunque después llegaron quejas desde algunos sectores de la grada por una falta de pegada. El Monte do Gozo tiene una relación complicada con la distancia y el viento: lo que delante golpea con claridad puede llegar arriba convertido en una versión más plana. No fue un desastre, pero un concierto de Linkin Park necesita más punch, no solo volumen.
«Bleed It Out», extendida con un fragmento de «A Place for My Head», cerró la noche confirmando que la banda no está intentando resucitar una formación imposible. Está construyendo otra. Queda camino, habrá comparaciones durante años y determinadas canciones siempre abrirán heridas, pero Emily Armstrong ha aportado aire, fuerza y una posibilidad real de futuro.
Crónica Sábadp O Son do Camiño 2026
El sábado era, sobre el papel, la jornada más alejada de la línea habitual de Guitar Calavera. Eso no significa que fuese una jornada menor. Solo obligaba a mirar el festival desde otro lugar y a reconocer que una guitarra distorsionada no garantiza por sí sola un buen concierto, del mismo modo que una coreografía o el uso de autotune no convierten automáticamente una actuación en irrelevante.

Dorian mantuvo después el pulso festivo con la eficacia de una banda acostumbrada a este tipo de escenarios. Los catalanes conocen bien el lenguaje del festival: sintetizadores, melodías amplias y canciones diseñadas para crecer delante de una multitud. No hubo una reinvención, pero sí un concierto capaz de sostener la jornada y evitar que la tarde perdiera temperatura.
MVRK encontró frente al escenario a su público natural. Los más jóvenes respondieron desde el primer momento a una propuesta con el autotune por bandera. El propio artista agradeció a los padres que habían acompañado a sus hijos y remató el gesto con una frase tan incómoda como certera: “Yo ya sé que para vosotros soy un subnormal con autotune”.
“Yo ya sé que para vosotros soy un subnormal con autotune”.

La declaración resumía bastante bien el choque generacional que podía verse alrededor. Algunos adultos observaban el escenario con la misma incomprensión con la que probablemente sus padres contemplaron en otro tiempo el punk, el heavy o el hip hop. Eso no obliga a compartir la propuesta de MVRK, pero sí permite entender por qué conecta con una parte tan concreta del público.
Sen Senra apareció acompañado por una banda, aunque el concierto se acercó más a la sensación de un acústico amplificado que a una actuación festivalera convencional. Bajó el pulso y obligó al público a acercarse a las canciones desde otro tipo de atención. En un escenario grande, esa contención puede jugar a favor o diluirse. Esta vez quedó en una zona intermedia: elegante y cuidada, aunque algo falta de tensión para un recinto de esas dimensiones.


La gran sorpresa —para nosotros y muchos otros según pudimos comprobar— de la jornada fue Guitarricadelafuente. Su actuación tuvo presencia escéncia, mucha personalidad y una puesta en escena capaz de traducir visualmente un repertorio que mezcla raíz, pop y una manera muy particular de entender la interpretación. Lo dio todo sin caer en la sobreactuación y confirmó que detrás de la imagen reconocible hay un artista con muchos más recursos de los que puede sugerir una escucha distraída.

Fue un descubrimiento incluso para quienes llegábamos a verlo con cierta distancia. Guitarricadelafuente entendió la dimensión del escenario, utilizó la producción para ampliar las canciones y no para esconderlas, y salió reforzado de una jornada en la que tenía que competir con propuestas mucho más inmediatas.
Lola Índigo aterrizó con un espectáculo concebido hasta el último detalle. No es nuestro terreno natural, pero negar la ambición y la eficacia de la producción sería escribir con anteojeras. La escenografía recreaba una feria andaluza, con una larga pasarela y una pantalla de gran formato que generaba profundidad y convertía el escenario en un espacio cambiante.
Las coreografías, el vestuario y los movimientos de cámara estaban integrados dentro de una narrativa visual muy clara. Todo tenía una función. No era simplemente una cantante acompañada por bailarines, sino una producción diseñada como un espectáculo completo en el que música, cuerpo e imagen avanzaban al mismo tiempo.
Puede discutirse cuánto hay de directo orgánico y cuánto de arquitectura previamente cerrada, pero la propuesta fue espectacular y efectiva. Lola Índigo sabe qué público tiene delante, qué espera de ella y cómo mantener su atención. No es lo nuestro, pero estuvo muy bien hecho. A veces el criterio también consiste en reconocer la calidad de un lenguaje que uno no escogería escuchar en casa.

O Son do Camiño 2026 terminó dejando una conclusión bastante clara. El festival ha asumido definitivamente su condición de gran evento musical transversal. No pretende representar una escena concreta ni mantener una fidelidad estilística. Busca convocar públicos masivos y ofrecerles, durante tres días, distintas formas de entender el espectáculo.
Eso provoca carteles desiguales para cualquier aficionado que mire el programa desde un género determinado, pero también encuentros difíciles de encontrar en otros lugares. El mismo recinto pudo pasar de Leire Martínez a Dani Martín y Katy Perry; de Biffy Clyro a Linkin Park; y de Carlangas a Guitarricadelafuente y Lola Índigo.
Para quienes acudíamos buscando riffs y guitarras, Biffy Clyro firmó el gran concierto de la edición. Linkin Park demostró que su nueva vida tiene sentido y Dani Martín recordó que el pop-rock generacional puede sobrevivir a sus propias modas. Katy Perry aportó el espectáculo de mayor tamaño y Guitarricadelafuente salió convertido en una de las revelaciones personales del fin de semana.
Fotografías público O Son do Camiño




























En un festival tan heterogéneo, quizá ahí se encuentre la verdadera medida del éxito: no conseguir que todo guste a todo el mundo.
Hubo emoción, producciones descomunales, algún exceso de material premedido y momentos en los que el sonido perdió pegada según la zona del recinto. También hubo canciones que unieron a personas separadas por veinte o treinta años. En un festival tan heterogéneo, quizá ahí se encuentre la verdadera medida del éxito: no conseguir que todo guste a todo el mundo, sino que cada jornada contenga al menos un concierto capaz de justificar el camino hasta el Monte do Gozo.
Según el balance facilitado por la organización, O Son do Camiño 2026 reunió a 126.000 asistentes y volvió a agotar todas sus entradas. El festival cifra su impacto socioeconómico en cerca de 37 millones de euros, con más de 1.500 empleos directos y alrededor de 4.000 indirectos, además de una ocupación hotelera del 100 % en Santiago de Compostela y su área de influencia. A estos datos añade una repercusión mediática valorada en más de 60 millones de euros, cifras que confirman que el evento trasciende ya lo estrictamente musical y se ha convertido en una pieza importante para el turismo, el empleo y la proyección exterior de Galicia.









