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Se apaga la voz de la transgresión: Adiós a Robe, el poeta que nos enseñó a bajar a la alcantarilla

Parece una broma macabra, pero no lo es. El calendario ha decidido marcarse un “in memoriam” brutal en pleno diciembre de 2025. Apenas nos había dado tiempo a digerir que el “general” de Ilegales había colgado su guitarra, cuando nos llega la confirmación de que Robe Iniesta, el Rey de Extremadura, también se nos ha ido. Dos formas de entender el rock, una desde la arrogancia marcial y otra desde la poesía de cloaca, que desaparecen de un plumazo. Y la sensación que queda en nuestra redacción —y en los locales de ensayo de media España— es de un vacío absoluto.

Robe no era solo un músico. Era el tipo que consiguió que los punkis leyeran poesía y que los literatos escucharan rock duro. Desde Plasencia, dinamitó el lenguaje con ese “rock transgresivo” que mezclaba a Antonio Machado con riffs que te lijaban el cerebro. Su muerte a los 63 años nos pilla con el pie cambiado, quizás porque en sus últimos trabajos en solitario, como Mayéutica o Se nos lleva el aire, le veíamos en un estado de forma compositiva que asustaba. Estaba fino, lúcido, con esa calma tensa del que ya no tiene que demostrar nada a nadie.

El año pasado ya dio señales de alarma cuando canceló su gira —los últimos bolos quedaron en nada— tras ser diagnosticado con un tromboembolismo pulmonar.

Este duro golpe resuena con eco propio. Es imposible no acordarse hoy de sus conciertos donde su voz rajada parecía la única capaz de cortar la niebla y el orballo. Robe tenía una conexión casi mística con sus fans; sabía que somos de sangre caliente pero de melancolía fácil, y sus letras, esas que hablan de yonquis, de amor sucio y de buscar la belleza en la basura, siempre encontraron aquí un refugio perfecto. Él unía a todos.

Lo que ha pasado esta semana es un cambio de ciclo traumático. Si Jorge Martínez representaba la actitud y el peligro físico, Robe era la introspección y el peligro emocional. Se nos han ido el cuerpo y el alma del rock estatal en 48 horas. Es inevitable pensar en cómo estarán ahora mismo Kutxi Romero y la gente de Marea, o tantos otros que bebieron directamente de su botella. El magisterio de Robe fue coger lo feo y hacerlo bonito sin quitarle la mugre. Y eso, amigos, es irrepetible.

Robe no era el típico frontman de pega: escribía como quien escupe verdades al viento, sin filtros.

Musicalmente, su evolución fue de las más honestas del panorama. Pasó del caos incontrolable de los inicios, donde cada bolo era una moneda al aire (podía ser el mejor concierto de tu vida o un desastre absoluto), a la sofisticación progresiva de sus últimos años. Hubo quien echó de menos la “tralla” bruta de Agila, pero hay que tener mucho criterio y mucha valentía para domesticar a la bestia sin matarla. Robe lo hizo.

Ahora nos queda su obra, que es inmensa, y esa sensación amarga de que el telón ha bajado demasiado pronto. Nos ha dejado “solos, como la una”, tal y como cantaba. Esta noche no queda otra que poner Standby a todo volumen, abrir una cerveza y brindar por el poeta que nos enseñó que salir a beber es, a veces, la única forma de vivir.

Buen viaje, maestro.